Era un día domingo del año 1990 ó 1991, y como todo sábado o domingo, mi salida, acompañado de Sarita, mi esposa y en esta oportunidad acompañado de mi nieto menor Carlitos, que nos quiso acompañar, nos dispusimos a disfrutar del contacto directo del paisaje ribereño.
Con mi carpeta de apuntes, marcadores y carbonillas, elementos para una buena y generosa mateada, matizada con buena factura, nos dirigimos por la Avda. Mitre hacia el puente Pueyrredón para cruzarlo y tomar Pedro de Mendoza, y por la misma, acercarnos a la Vuelta de Rocha y..... ¡Qué pasó!.... ¡Algo inimaginable!.... ¡Algo que no podía creer!... ¡Algo terrible!..... ¡Mis barcos!,... Mis queridos y hermosos barcos estaban enterrados en el barro, apoyándose unos a otros, en estado de desesperación y quietud aterrante.
Jamás había visto a mi riachuelo en situación tan deplorable. Barcos que no tenían agua, que no flotaban, que les faltaba el agua para hacerlo.
Un riachuelo que conoció un calado de 6 a 8 metros, de aguas cristalinas en donde de chico yo iba en bote a pescar dorados, sin contaminación, ése día estaba totalmente obstruido, completamente tapado, sin agua.. Realmente asombroso.... mi riachuelo, mi querido riachuelo, lo habían dejado sin agua....
|